Cica. Cop Car

Cop Car. 2015. USA. 84 mins. Dir.: Jon Watts. Con Kevin Bacon, James Freedson-Jackson, Hays Wllford, Carmín Manhein y Shea Whigham. Cop Car podría prescindir de todos sus diálogos. La imagen es suficiente para situar a los personajes y definirlos, así como para establecer y desarrollar la acción. La película se sustenta en la dialéctica del lenguaje cinemático, de la imagen en movimiento y el contrapunto del sonido. Una expresa alegría, espacio abierto, aventura; la otra, llena de ruido, percusiones y cacofonía, amenaza, peligro. Ambas son repetitivas y en conjunción establecen el ritmo interno del relato. La duración del plano y la composición minimalista hace el resto. Al menos hasta que Jon Watts cree necesitar un poco más que en realidad no necesita. Hay obras que se construyen en el quitar, como los westerns de Budd Boetticher o Monte Hellman, como los policiales de Joseph H. Lewis. Obras áridas, desertizadas, que agradecen quedarse en el esqueleto. A Cop Car le entra frío cuando se ve en esa situación y se envuelve de finales, como si no confiase en la estilización, en la validez emotiva y significativa de los arquetipos que la constituyen. El paisaje, la imagen ancha que se va volviendo estrecha pero es siempre claustrofóbica, es indiferente a todo lo que ocurre en él. Es un lugar casi onírico, otro arquetipo. Es la iconografía americana de la pradera, una sensación familiar, un lugar que es mitad real, mitad soñado, o visto en pantalla; materia de ficción. El humor negro y la violencia seca sirven como amalgamante; son, también, la consciencia de la serie B, el pulp revisitado. La estupidez coeniana sobrevuela el conjunto, pero el tono muestra mayor querencia por la ternura. Su interpretación del gótico americano asimila pátina naturalista y entraña abstracta mientras transita géneros que de modo natural comparten sentimiento. Concisa, Cop Car, es un cuento de hadas y un western, un thriller rural y una historia de Mark Twain. Guarda dentro de la modestia de un relato directo de serie B, una elegante reflexión sobre la esencia clásica del relato iniciático de aventuras: la inocencia de los niños protagonistas rodeada (y finalmente enfrentada) a una sordidez cruenta; la misma de la cual escapan cuando los conocemos. Dos historias: la que se desarrolla en las imágenes y otra, que ha quedado en off y de la cual solo alcanzamos a conocer pedazos brutales. Cuando ambas se encuentran, corre la sangre. La calma de los encuadres se ve distorsionada por la aparición de elementos perturbadores en su interior. Pedazos de esa realidad brutal saltan a la de los niños protagonistas, contaminan la aventura inocente, imposibilitan la huida y el sueño de la inocencia: son los ogros, son los adultos, son sus juegos y juguetes mortales

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